Jeffrey Epstein, el financiero estadounidense condenado por delitos sexuales y fallecido en 2019 mientras esperaba juicio por tráfico de menores, construyó parte de su fortuna inicial gracias a su relación sentimental con la actriz española Ana Obregón a principios de los años 80, un vínculo que le abrió las puertas a familias adineradas de España que le contrataron para recuperar millones perdidos tras la quiebra de la firma de corretaje Drysdale Securities. La relación, que comenzó en Nueva York cuando Obregón tenía 27 años y estudiaba interpretación, permitió a Epstein acceder a círculos exclusivos y cobrar una recompensa generosa que lo convirtió en millonario por primera vez, consolidando su ascenso en Wall Street.
Obregón y Epstein se conocieron en 1982 a través de un amigo común en la vibrante escena social de Manhattan. En su primera cita, Epstein la impresionó conduciendo a toda velocidad un Rolls-Royce por las avenidas de la ciudad, un gesto que, según testigos de la época, dejó fascinada a la joven actriz por su carisma y atractivo. Aunque Epstein mantenía una relación seria con Eva Andersson, una modelo y ex Miss Suecia considerada por muchos el “amor de su vida”, no dudó en cortejar a Obregón, con quien mantuvo citas casuales durante meses. La española, que ya despuntaba en televisión y cine en su país, lo describió años después en sus memorias como “el hombre perfecto del que nunca me enamoré” y su “ángel de la guarda en Nueva York”, recordando cómo él la recogía en limusina para llevarla a clases y cómo formaban parte de un grupo de amigos que incluía figuras excéntricas de la época.
El punto de inflexión llegó cuando la empresa familiar de Obregón, junto a otras familias españolas de la construcción e inmobiliario, perdió grandes sumas en la quiebra de Drysdale Securities, un escándalo financiero que dejó a muchos inversores sin rastro de su dinero. Epstein, entonces un joven bróker ambicioso en Bear Stearns, se ofreció a ayudar. Con la colaboración de un exfiscal federal amigo suyo, pasó más de un año rastreando los fondos ocultos en bancos offshore de las Islas Caimán. Cuando localizó los millones desaparecidos y los recuperó, las familias —incluida la de Obregón— le abonaron una recompensa sustancial que, combinada con otras operaciones dudosas, lo catapultó a la riqueza. Este éxito le dio credibilidad en círculos financieros internacionales y le permitió moverse con soltura entre millonarios, un patrón que repetiría décadas después con clientes como Leslie Wexner.
La relación con Obregón no duró mucho: ella regresó a España para consolidar su carrera, mientras Epstein profundizaba en sus redes de poder. Años después, cuando estalló el escándalo sexual en 2008, Obregón expresó shock y repulsa, afirmando que con ella Epstein era “educado y dulce” y que nunca vio señales de su lado oscuro. En entrevistas posteriores, ha insistido en que su vínculo fue amistad profunda más que romance apasionado, y que presentó a Epstein a sus padres en visitas a Madrid, donde lo integró en su círculo familiar.
Este episodio, ahora destapado tras meses de investigación, ilustra los orígenes opacos de la fortuna de Epstein: un joven sin título universitario que pasó de profesor de matemáticas a gestor de billones mediante contactos oportunistas, engaños y recuperaciones financieras que ocultaban un patrón de manipulación. La conexión española, hasta ahora poco explorada, añade una capa internacional a su ascenso, mostrando cómo un noviazgo casual en Nueva York abrió puertas a fortunas europeas que financiaron su imperio.
La revelación ha reavivado el interés global en Epstein, cuya red de influencia tocó a presidentes, príncipes y magnates. En España, ha generado debate sobre cómo un depredador sexual pudo infiltrarse en círculos sociales sin levantar sospechas. Obregón, figura mediática desde los 80, ha reiterado su horror ante los crímenes posteriores de Epstein, distanciándose completamente de su legado criminal.
Este capítulo no solo explica parte de la riqueza de Epstein: explica cómo el carisma y las conexiones personales fueron su verdadera moneda de cambio en un camino que terminó en infamia.

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