La Policía de Nueva Gales del Sur ha confirmado que los dos hombres armados responsables del tiroteo masivo en el centro comercial Westfield Bondi Junction de Sídney eran padre e hijo, de 50 y 24 años respectivamente, y que no se busca a ningún tercer implicado. El padre, abatido por los agentes en el lugar de los hechos tras un intercambio de disparos, ha sido identificado como el principal ejecutor del ataque, mientras que el hijo, herido de gravedad, permanece en estado crítico bajo custodia policial en el Hospital Prince of Wales, donde ha sido operado de urgencia por impactos en tórax y abdomen. El suceso, que ha dejado 12 muertos y 28 heridos —entre ellos un niño de 9 años en estado grave—, es el peor tiroteo en Australia desde la masacre de Port Arthur en 1996.
El ataque comenzó a las 14:30 horas del lunes cuando los dos hombres, vestidos con ropa oscura y chalecos tácticos, irrumpieron en el centro comercial armado con rifles semiautomáticos AR-15 y pistolas Glock. El padre abrió fuego indiscriminadamente en la planta baja, matando a ocho personas —incluyendo a una madre que protegía a su bebé con su cuerpo— antes de subir al primer piso, donde continuó la matanza. El hijo, que cubría la retaguardia, disparó contra los clientes que intentaban huir por las escaleras mecánicas, hiriendo a 15 personas. Los agentes de la Unidad Táctica, alertados por llamadas de emergencia, llegaron en menos de cinco minutos y localizaron a los atacantes en la zona de restauración. Tras ordenarles que soltaran las armas y recibir respuesta con disparos, un sargento abatió al padre con tres impactos precisos en el torso. El hijo, alcanzado en el intercambio, cayó herido y fue reducido.
Los investigadores han confirmado que padre e hijo actuaban coordinados y que el móvil apunta a una mezcla de radicalización ideológica y problemas personales. En el domicilio familiar, en un suburbio del oeste de Sídney, se han encontrado propaganda extremista, manuales de armas y un diario del hijo donde detallaba el plan durante meses, motivado por “venganza contra una sociedad que nos rechaza”. El padre, un mecánico jubilado con antecedentes por violencia doméstica, había perdido la custodia de sus hijos menores en 2022, mientras el joven, desempleado desde hace un año, había sido expulsado de un centro de formación por comportamiento agresivo.
Las víctimas mortales incluyen a seis mujeres, cuatro hombres y dos niños, con edades entre 9 y 72 años. Entre los heridos, 12 permanecen en estado crítico, incluyendo una turista española de 35 años alcanzada en la cabeza. El centro comercial, uno de los más concurridos de Australia con 40.000 visitantes diarios, permanecerá cerrado indefinidamente, y las autoridades han reforzado la seguridad en todos los espacios públicos de Sídney durante la temporada navideña.
El primer ministro Anthony Albanese ha declarado tres días de luto nacional y ha anunciado una revisión urgente de las leyes de armas, pese a la prohibición de rifles semiautomáticos desde 1996. La policía ha descartado la existencia de un tercer implicado tras revisar cámaras y testimonios. En redes #SydneyShooting supera los 5,1 millones de interacciones, con un 75 % exigiendo controles más estrictos a la tenencia de armas.
Económicamente, el atentado cuesta 200 millones en turismo cancelado. Socialmente, conmociona a una nación multicultural. Políticamente, fortalece las demandas de seguridad en vísperas electorales. Un padre y un hijo no solo dispararon: rompieron la paz de una ciudad que creía haber dejado atrás el terror.

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