La escalada militar entre Pakistán y Afganistán ha alcanzado en las últimas horas un nivel sin precedentes desde el regreso de los talibane...
La escalada militar entre Pakistán y Afganistán ha alcanzado en las últimas horas un nivel sin precedentes desde el regreso de los talibanes al poder en 2021, con ataques aéreos paquistaníes en el interior del territorio afgano y operaciones de represalia anunciadas por las autoridades de Kabul. Desde Islamabad se ha llegado a calificar la situación como una “guerra abierta”, en un mensaje que refleja la gravedad del deterioro de las relaciones bilaterales.
Según fuentes oficiales paquistaníes, la aviación y la artillería habrían golpeado objetivos considerados militares en la capital afgana, Kabul, así como en las provincias de Paktia y Kandahar, dos regiones clave por su cercanía a la frontera y por su histórico valor estratégico para los talibanes. Islamabad sostiene que los ataques se dirigieron contra instalaciones utilizadas por combatientes armados y redes logísticas vinculadas a grupos insurgentes que, según afirma, operan con libertad en suelo afgano.
Las autoridades talibanas han negado de forma tajante que los bombardeos hayan provocado víctimas civiles y aseguran que las fuerzas de seguridad afganas respondieron con operaciones de represalia contra posiciones paquistaníes a lo largo de la llamada Línea Durand, la frontera de más de 2.600 kilómetros que separa ambos países y que sigue siendo una de las más inestables de Asia. Kabul afirma que sus acciones causaron al menos 55 bajas en el ejército paquistaní, mientras que Islamabad eleva a 133 el número de combatientes talibanes muertos durante los enfrentamientos.
El foco principal de los combates se concentra precisamente en esta frontera histórica, trazada en época colonial y nunca reconocida plenamente por Afganistán. En la práctica, la Línea Durand se ha convertido en un corredor de paso para milicias, contrabandistas y grupos insurgentes, lo que la ha transformado en un punto permanente de fricción entre ambos Estados.
El Gobierno paquistaní acusa abiertamente a los talibanes de ofrecer refugio, entrenamiento y libertad de movimiento al grupo insurgente Tehreek-e-Taliban Pakistan, considerado responsable de numerosos atentados mortales en territorio paquistaní en los últimos años. Para Islamabad, la actual ofensiva es una respuesta directa al repunte de ataques contra fuerzas de seguridad y civiles, y pretende enviar un mensaje de que no tolerará la presencia de estas redes al otro lado de la frontera.
Desde la llegada de los talibanes al poder en 2021, Pakistán esperaba una cooperación más estrecha en materia de seguridad. Sin embargo, el aumento de la actividad insurgente y la falta de resultados tangibles en la persecución de los líderes del TTP han ido erosionando la relación. Funcionarios paquistaníes aseguran que han transmitido en repetidas ocasiones a Kabul información de inteligencia sobre campamentos y centros de mando, sin que se haya producido, según su versión, una respuesta efectiva.
Por su parte, las autoridades afganas rechazan estas acusaciones y sostienen que Pakistán utiliza el argumento del terrorismo para justificar ataques en su territorio y presionar políticamente al nuevo régimen. En Kabul se subraya que la soberanía afgana está siendo vulnerada y que la respuesta militar es un derecho legítimo frente a lo que consideran agresiones directas.
El actual choque representa el momento más crítico de las relaciones bilaterales en años. Analistas regionales advierten de que, si no se establece un canal urgente de diálogo, la confrontación podría derivar en incidentes de mayor envergadura, con consecuencias directas para la estabilidad de toda Asia Central y del sur. La combinación de disputas históricas, acusaciones cruzadas de apoyo a insurgentes y la fragilidad de los mecanismos de coordinación fronteriza convierte este conflicto en una amenaza real de escalada prolongada.





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