Mientras Europa enfrenta una intensa ola de calor con temperaturas que han superado los 42 °C en regiones como España, Italia y el sur de Fr...
Mientras Europa enfrenta una intensa ola de calor con temperaturas que han superado los 42 °C en regiones como España, Italia y el sur de Francia, un patrón climático opuesto se observa en gran parte del planeta, especialmente en la Antártida, donde el frío ha alcanzado niveles excepcionales para esta época del año. Este contraste ha reavivado el debate científico sobre las causas del cambio climático, con Luis Pomar, un geólogo y catedrático emérito de Estratigrafía de la Universidad de las Islas Baleares, desafiando la narrativa dominante. Nacido hace 69 años en Torres del Segre, Lérida, Pomar, quien se jubiló tras décadas de investigación, sostiene que "el CO2 no causa el calentamiento global", una postura que choca con el consenso mayoritario y ha generado tanto apoyo como controversia en un momento de creciente preocupación climática.
El frío en la Antártida, donde las temperaturas han descendido por debajo de los -50 °C en áreas como la estación Vostok, contrasta con las predicciones de muchos modelos climáticos que anticipan un derretimiento acelerado debido al aumento de gases de efecto invernadero. Según observaciones satelitales recientes, amplias zonas del continente helado han experimentado una acumulación de hielo marino superior a la media de las últimas décadas, un fenómeno que Pomar atribuye a ciclos naturales de la Tierra, no a la actividad humana. En Europa, el calor extremo ha provocado incendios forestales en Tarragona y alertas sanitarias, mientras que en otras partes del hemisferio sur, como el sur de Australia y Nueva Zelanda, también se han registrado temperaturas inusualmente bajas, sugiriendo una variabilidad climática global que desafía las explicaciones unificadas basadas en el CO2.
Pomar, conocido por sus estudios sobre sedimentos y ciclos geológicos, argumenta que el actual aumento de temperaturas planetarias es parte de fluctuaciones naturales a largo plazo, influenciadas por la actividad solar y los cambios en la órbita terrestre, más que por las emisiones de dióxido de carbono. En entrevistas recientes, ha cuestionado la fiabilidad de los modelos climáticos modernos, afirmando que "el CO2 es un gas esencial para la vida y su impacto en el clima ha sido exagerado por intereses políticos y económicos". Esta postura, que ha defendido desde su jubilación, lo ha convertido en una figura polarizante: algunos lo elogian como un disidente valiente, mientras que la comunidad científica mayoritaria lo critica por carecer de evidencia sólida y por ignorar datos que vinculan el aumento de CO2 —ahora en 430 partes por millón— con el calentamiento observado desde la era industrial.
El debate se intensifica en un contexto donde los últimos informes, como los de la Organización Meteorológica Mundial, insisten en que el mundo está a punto de agotar su presupuesto de carbono para limitar el calentamiento a 1.5 °C, con emisiones récord de 37.4 mil millones de toneladas en 2024. Sin embargo, Pomar sostiene que estos datos reflejan una interpretación sesgada, señalando que las temperaturas globales no muestran un aumento constante y que eventos como el frío antártico sugieren que el sistema climático es más complejo de lo que los modelos sugieren. En redes sociales, su postura ha ganado tracción entre quienes cuestionan las políticas climáticas, aunque muchos expertos advierten que su enfoque subestima el consenso basado en décadas de mediciones, como las del Observatorio de Mauna Loa.
El contraste climático actual —calor extremo en Europa y frío inusual en otras regiones— ha dado combustible a esta discusión, con algunos señalando que podría indicar una transición hacia un patrón más frío a largo plazo, como ocurrió en la Pequeña Edad de Hielo. Mientras las autoridades europeas lidian con los efectos inmediatos del calor, incluyendo evacuaciones y cortes de energía, el caso de Pomar pone de relieve una brecha entre las narrativas científicas establecidas y las voces disidentes, dejando a la opinión pública dividida en un verano marcado por la incertidumbre climática.





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