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Denisse Miralles juró este martes como nueva jefa del Consejo de Ministros de Perú, en una ceremonia celebrada en el Palacio de Gobierno, tras la sorpresiva dimisión del economista Hernando de Soto, quien había asumido el cargo hace apenas unas semanas en un intento del Ejecutivo por dar una señal de estabilidad y confianza a los mercados y a los actores internacionales. La designación de Denisse Miralles se produce en un contexto de alta fragilidad política y de crecientes tensiones entre el Poder Ejecutivo y el Congreso de la República del Perú.
La salida prematura de De Soto sorprendió tanto al entorno gubernamental como a los principales actores económicos del país. Considerado una de las figuras técnicas de mayor proyección internacional, su nombramiento había sido interpretado como un giro pragmático del Gobierno para recomponer la relación con el sector privado, los organismos multilaterales y los socios comerciales. Sin embargo, fuentes cercanas al Ejecutivo señalan que las diferencias internas sobre la orientación económica, el ritmo de las reformas estructurales y la estrategia frente al Parlamento terminaron por hacer inviable su continuidad al frente del gabinete.
En su breve mensaje de despedida, De Soto evitó confrontaciones directas, pero dejó entrever la existencia de desacuerdos profundos sobre la hoja de ruta del Gobierno. Subrayó que aceptó el cargo con la expectativa de impulsar cambios institucionales y regulatorios de largo plazo, pero que las condiciones políticas actuales no permitían avanzar en esa dirección con la celeridad que, a su juicio, exige la situación del país.
La designación de Miralles busca ahora reconstruir la cohesión interna del Ejecutivo y, al mismo tiempo, enviar una señal de gobernabilidad al Congreso, donde el Gobierno carece de una mayoría sólida. La nueva primera ministra, que hasta ahora se desempeñaba en un cargo de alta responsabilidad dentro del aparato estatal, es vista como una figura con mayor capacidad de diálogo político y con un perfil menos técnico que su antecesor, pero con mayor experiencia en la gestión de crisis y en la negociación parlamentaria.
Durante la ceremonia de juramentación, Miralles afirmó que su prioridad inmediata será “garantizar la estabilidad institucional, fortalecer la gobernabilidad y proteger a los sectores más vulnerables frente al complejo escenario económico”. También anunció que abrirá una ronda de conversaciones con las distintas bancadas para asegurar la viabilidad de los principales proyectos del Ejecutivo, entre ellos el presupuesto, los programas sociales y las reformas administrativas pendientes.
El relevo en la jefatura del gabinete se produce en un momento especialmente delicado para el país. La desaceleración económica, la persistente desconfianza ciudadana hacia la clase política y la fragmentación del sistema de partidos han configurado un escenario en el que cada cambio de ministro adquiere una dimensión estratégica. Analistas locales advierten que la sucesión acelerada de primeros ministros en los últimos años ha debilitado la capacidad del Estado para implementar políticas de largo plazo y ha erosionado la credibilidad del Ejecutivo frente al Congreso y la opinión pública.
Desde el ámbito empresarial, la reacción a la renuncia de De Soto ha sido de cautela. Si bien se reconoce la trayectoria de Miralles en la administración pública, distintos gremios han expresado su preocupación por la falta de continuidad en la conducción económica y por el riesgo de que se diluyan las señales de certidumbre que se habían generado con la llegada del economista al cargo.
En el plano político, la oposición ha reclamado que Miralles acuda cuanto antes al Congreso para exponer el programa del nuevo gabinete y solicitar el voto de confianza. La primera ministra, consciente de que ese trámite será determinante para la supervivencia del Ejecutivo, ha adelantado que presentará un plan centrado en la reactivación económica, el fortalecimiento institucional y la lucha contra la corrupción.
Con este nuevo nombramiento, el Gobierno peruano intenta contener una crisis que amenaza con profundizar la inestabilidad crónica que atraviesa el país, mientras la ciudadanía observa con escepticismo una escena política marcada por renuncias inesperadas y equilibrios cada vez más frágiles.





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