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Según The Wall Street Journal, en las dos semanas transcurridas desde el inicio de la Operación Epic Fury —la campaña militar conjunta entre Estados Unidos e Israel contra Irán que comenzó a finales de febrero de 2026—, las fuerzas estadounidenses han sufrido pérdidas significativas en combates directos e indirectos con fuerzas iraníes y sus aliados en la región. Un funcionario estadounidense reveló que 13 militares han muerto en acción o por heridas recibidas, 10 han resultado gravemente heridos y aproximadamente 200 han sufrido lesiones de diversa consideración, la mayoría leves. De estos últimos, alrededor de 170 ya han regresado al servicio activo, lo que indica que muchas de las heridas no comprometen su capacidad operativa a largo plazo.
Estas cifras marcan un incremento notable respecto a los reportes iniciales del conflicto. En los primeros días, el Comando Central de EE.UU. (CENTCOM) confirmó la muerte de tres militares y cinco heridos graves durante ataques iraníes con drones y misiles contra bases en Kuwait y Arabia Saudita. Posteriormente, se sumaron fallecimientos por el derribo o daño de aeronaves, incluyendo el trágico accidente de un avión cisterna KC-135 Stratotanker en el oeste de Irak, donde perecieron seis tripulantes. Otros incidentes involucraron ataques a instalaciones en puertos comerciales y bases aéreas como Prince Sultan en Arabia Saudita, donde drones iraníes causaron daños materiales y bajas adicionales.
El conflicto se ha caracterizado por una escalada rápida: tras los primeros bombardeos estadounidenses e israelíes contra instalaciones nucleares, comandancias del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y altos mandos iraníes —incluyendo la eliminación de varios líderes clave—, Teherán respondió con oleadas de misiles balísticos, drones kamikaze y ataques asimétricos contra posiciones estadounidenses en el Golfo Pérsico y aliados regionales. Bases en Kuwait, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e incluso Irak han sido blanco recurrente, lo que ha elevado el riesgo para el personal desplegado en la zona.
Aunque las bajas estadounidenses siguen siendo relativamente bajas en comparación con conflictos pasados como Irak o Afganistán en sus fases más intensas, estas cifras han generado preocupación en Washington. El presidente Donald Trump ha advertido públicamente que se esperan más bajas, pero ha insistido en que la operación busca objetivos estratégicos claros: neutralizar la capacidad nuclear y de misiles de Irán, debilitar su influencia regional y, según algunos funcionarios, facilitar un cambio de régimen. La Casa Blanca y el Pentágono han minimizado el impacto en términos relativos, destacando que la mayoría de las heridas son tratables y que las fuerzas mantienen superioridad aérea y naval.
Sin embargo, el costo humano ya ha provocado reacciones internas. Familias de los caídos han recibido notificaciones oficiales, y algunos nombres —como soldados de reserva del Ejército y tripulantes de la Fuerza Aérea— han sido divulgados en homenajes. En paralelo, el debate sobre la duración y el alcance de la intervención se intensifica en el Congreso y la opinión pública, mientras el precio del petróleo fluctúa por temores a disrupciones en el Estrecho de Ormuz.
Este balance de bajas refleja la naturaleza del enfrentamiento actual: una guerra de alta tecnología con ataques a distancia, pero con vulnerabilidades persistentes en bases fijas y rutas logísticas. A medida que la operación entra en su tercera semana, analistas esperan que las cifras puedan aumentar si Irán intensifica sus represalias o si se produce una mayor implicación de proxies como milicias en Irak, Siria o Yemen. El conflicto, lejos de resolverse rápidamente, parece encaminarse hacia una fase prolongada de desgaste mutuo.





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