Según una revelación explosiva publicada por The New York Times , Estados Unidos e Israel entraron en el conflicto armado contra Irán con un...
Según una revelación explosiva publicada por The New York Times, Estados Unidos e Israel entraron en el conflicto armado contra Irán con un objetivo ambicioso y sorprendente: no solo debilitar el régimen teocrático, sino impulsar un cambio de gobierno y colocar en el poder al expresidente Mahmud Ahmadinejad, una de las figuras más controvertidas y tradicionalmente hostiles hacia Occidente en la historia reciente de Irán.
El plan, desarrollado principalmente por Israel y con el visto bueno estadounidense, formaba parte de una estrategia multifase que incluía una intensa campaña aérea para eliminar a la cúpula dirigente iraní, entre ellos el líder supremo Alí Jamenei, quien falleció en los bombardeos iniciales del 28 de febrero de 2026. La idea era crear un vacío de poder que permitiera una transición controlada hacia un liderazgo “desde dentro”, tal como había sugerido públicamente el presidente Donald Trump en los primeros días del conflicto. Ahmadinejad, conocido por su retórica antiisraelí, negacionismo del Holocausto y posturas populistas, fue seleccionado como figura clave para encabezar un eventual nuevo gobierno, aparentemente por su popularidad residual entre ciertos sectores y por haber mantenido contactos previos con los planificadores.
Sin embargo, la operación sufrió un revés dramático desde el primer día. Un ataque aéreo israelí alcanzó la residencia de Ahmadinejad en Teherán. Aunque el objetivo no era eliminarlo, sino liberarlo de lo que fuentes estadounidenses describen como un arresto domiciliario impuesto por el régimen (custodiado por miembros de la Guardia Revolucionaria), el bombardeo lo dejó herido. La acción, calificada por algunos como una “operación de rescate” o “jailbreak”, destruyó un puesto de seguridad cercano, mató a varios guardias y permitió que Ahmadinejad escapara del control directo del régimen, pero también generó desconfianza. Tras sobrevivir al incidente, el expresidente rechazó continuar colaborando con cualquier plan de reorganización del poder impulsado por Washington y Tel Aviv.
Este giro inesperado frustró una de las piezas centrales de la estrategia inicial. Ahmadinejad, que había regresado recientemente de un viaje al extranjero y había sido consultado sobre el esquema, se distanció por completo. Desde entonces, su paradero exacto y estado de salud han permanecido en gran medida desconocidos, según funcionarios estadounidenses citados por el NYT. El fracaso de esta iniciativa ha dejado múltiples interrogantes sobre cómo pretendían Estados Unidos e Israel materializar el ascenso de Ahmadinejad, incluyendo posibles apoyos internos, movilizaciones kurdas que nunca se concretaron y operaciones de influencia para erosionar la legitimidad del régimen.
El revelador informe ha generado controversia en varios frentes. Analistas destacan la paradoja de que potencias occidentales y su aliado israelí consideraran a un líder históricamente hostil como opción viable para estabilizar Irán post-conflicto. En Teherán, las autoridades iraníes han calificado la información como propaganda, mientras que en Estados Unidos e Israel el asunto aviva debates sobre los verdaderos objetivos de la guerra, que oficialmente se centró en el programa nuclear y las amenazas regionales, pero que claramente contempló escenarios de cambio de régimen.
Este episodio ilustra la complejidad y los riesgos de las operaciones de ingeniería política en medio de un conflicto activo. Lo que comenzó como un plan audaz para remodelar el mapa geopolítico de Oriente Medio terminó complicándose por un bombardeo que, aunque liberó parcialmente a su protagonista, terminó alejándolo de la mesa. Mientras el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán sigue evolucionando, la fallida apuesta por Ahmadinejad se suma a la larga lista de intentos de cambio de régimen en la región cuya ejecución resultó más complicada de lo previsto.





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