Escribo esto más de dos años después de que Rusia invadiera Ucrania. Ya no es tendencia en redes, ya no llena portadas como antes, pero sigu...
Escribo esto más de dos años después de que Rusia invadiera Ucrania. Ya no es tendencia en redes, ya no llena portadas como antes, pero sigue ahí: cada día, cada hora. Y no solo en Donetsk o Jersón, también en nuestras decisiones como europeos, como ciudadanos informados —o distraídos.
Al principio, la invasión nos unió en la condena. Fue unánime, casi ejemplar: ayuda militar, sanciones, solidaridad. Hoy, sin embargo, empieza a flotar otra cosa: el cansancio, ese veneno lento que convierte una causa justa en una guerra lejana. Lo vemos en los debates del Parlamento Europeo, en los zigzagueos de Estados Unidos, y en la cobertura menguante de los medios. El horror permanece, pero su eco se apaga.
Lo que ocurre en Ucrania no es solo geopolítica: es una prueba moral. Y como todas las pruebas, revela más sobre quien la observa que sobre quien la sufre. Porque mientras Rusia arrasa infraestructuras y despliega desinformación a gran escala, Europa debate si seguir enviando tanques o pasar página. El riesgo es enorme: que confundamos la prudencia con indiferencia, y el “realismo” con cobardía política.
No, no se trata de romantizar la resistencia ucraniana ni de negar errores o zonas grises. Zelenski no es un santo, y Occidente ha jugado su parte en décadas de tensión regional. Pero la cuestión central es otra: ¿hasta cuándo nos va a durar la memoria moral? Porque las guerras no se deciden solo en el frente, sino en los despachos donde se negocia la ayuda, y en los hogares donde se cambia de canal.
La guerra de Ucrania sigue, y con ella, nuestro examen como sociedad. No se trata de elegir bandos sin matices, sino de no caer en el cinismo fácil. Si hoy miramos hacia otro lado, no será solo Ucrania quien pierda.
Por qué importa (en una línea)
Porque en cada guerra olvidada, perdemos un poco más de lo que decimos defender: la dignidad, la justicia y el compromiso con la verdad.
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