Un hallazgo arqueológico en la cueva de El Mirador, ubicada en la sierra de Atapuerca (Burgos), ha sacudido a la comunidad científica intern...
Un hallazgo arqueológico en la cueva de El Mirador, ubicada en la sierra de Atapuerca (Burgos), ha sacudido a la comunidad científica internacional al revelar evidencias claras de antropofagia practicada hace aproximadamente 5.700 años, durante el Neolítico final. Un equipo de investigadores españoles, liderado por expertos del Instituto de Arqueología-Mérida (IAM-CSIC) y el Institut Català de Paleoecología Humana i Evolució Social (IPHES), descubrió más de 200 restos óseos pertenecientes a al menos 11 individuos, incluidos niños y adolescentes, que muestran marcas de corte, exposición al fuego, señales de cocinado y mordeduras humanas. Este hallazgo, anunciado el pasado 8 de agosto y detallado en un estudio publicado en 'Scientific Reports', no solo confirma la práctica del canibalismo en la Península Ibérica, sino que sugiere que estaba profundamente integrada en la cultura de las sociedades neolíticas de la región, desafiando las narrativas tradicionales sobre las dinámicas sociales de la época.
Los restos, datados mediante análisis de carbono-14, provienen de un nivel estratigráfico de la cueva que corresponde a un periodo de transición entre comunidades cazadoras-recolectoras y las primeras sociedades agrícolas. Las evidencias tafonómicas, como cortes precisos en cráneos y huesos largos para separar articulaciones y extraer médula ósea, indican un "aprovechamiento extremo" de los cadáveres, similar al procesado de animales de caza, según el investigador Antonio Rodríguez-Hidalgo. La presencia de fracturas intencionales y marcas de cocción sugiere que los cuerpos fueron consumidos como parte de una práctica recurrente, con al menos dos oleadas de canibalismo identificadas en distintos momentos dentro de ese periodo. Este patrón apunta a un comportamiento cultural establecido, más allá de respuestas aisladas a hambrunas, y reabre el debate sobre las motivaciones: desde necesidades alimenticias hasta posibles rituales o conflictos intergrupales, aunque no se han hallado indicios claros de ceremonias asociadas.
El descubrimiento sitúa a Atapuerca como un epicentro global para el estudio del canibalismo prehistórico, consolidando su legado como el yacimiento más prolífico en este ámbito. Los investigadores destacan que las marcas son detectadas gracias a la experiencia de un equipo especializado, liderado por Palmira Saladié, capaz de identificar señales sutiles que podrían pasar desapercibidas. Este hallazgo se suma a evidencias previas en la Gran Dolina, donde se documentó canibalismo infantil hace más de 850.000 años, y a casos de la Edad del Bronce hace 4.000 años, abarcando un arco temporal excepcional. La cueva de El Mirador, explorada sistemáticamente desde los años 90, ofrece un registro único que permite rastrear esta práctica a lo largo de milenios, sugiriendo que la antropofagia fue una constante en la evolución humana europea, adaptada a contextos sociales y ambientales diversos.
La noticia ha generado reacciones mixtas. Mientras algunos expertos ven en ello una ventana a la complejidad de las sociedades neolíticas, otros advierten contra interpretaciones apresuradas, argumentando que las marcas podrían deberse a prácticas funerarias o simbólicas, un fenómeno conocido como equifinalidad tafonómica. Sin embargo, la ausencia de entierros formales y la similitud con el procesamiento de presas animales refuerzan la hipótesis alimenticia. En redes sociales, el hashtag #AtapuercaCanibalismo se ha viralizado, con debates entre quienes lo consideran un reflejo de violencia ancestral y quienes lo ven como una adaptación cultural. Las excavaciones continúan, y los investigadores planean análisis genéticos para determinar si las víctimas eran miembros del mismo grupo o rivales, lo que podría esclarecer las dinámicas detrás de este estremecedor capítulo de la prehistoria española.
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