El campamento de verano en Bernedo, Álava, organizado por la asociación Sarrea Euskal Udaleku Elkartea, ha recibido un fuerte respaldo de 13...
El campamento de Bernedo, un enclave rural en el País Vasco conocido por sus programas de inmersión lingüística y cultural, ha sido un referente para familias progresistas que buscan alternativas a los veranos tradicionales. En su edición de 2025, que acogió a más de 200 niños de 8 a 14 años, los monitores implementaron dinámicas que incluían duchas colectivas mixtas y habitaciones compartidas, presentadas como ejercicios para promover la igualdad de género y la aceptación corporal. Según el comunicado de los educadores, estas prácticas no son caprichosas, sino parte de una pedagogía intencional que desafía los roles de género impuestos desde la infancia, permitiendo a los niños experimentar la vulnerabilidad compartida sin juicios. "El cuerpo es un espacio político", argumentan, sugiriendo que normalizar la desnudez y la proximidad física libera a los menores de la sexualización precoz y fomenta el respeto mutuo.
Los 137 padres, en su carta colectiva, defienden esta visión con pasión, describiendo el campamento como un "espacio de libertad auténtica" donde sus hijos han aprendido a valorar la diversidad sin miedos heredados. Muchos destacan anécdotas de cómo las duchas mixtas, supervisadas por adultos formados, ayudaron a sus niños a superar inseguridades corporales, convirtiendo lo que para algunos parece tabú en una herramienta de empoderamiento. La misiva rechaza las denuncias iniciales de un grupo de familias conservadoras, que acusaron a los monitores de exponer a los menores a situaciones inapropiadas, calificándolas de "ataques tránsfobos" que ignoran la realidad de la diversidad de género. "Nuestros hijos no son víctimas, son pioneros en un mundo que necesita romper cadenas", afirman, subrayando que el programa ha fortalecido la autoestima de participantes de todos los orígenes y géneros.
El debate ha trascendido Bernedo, convirtiéndose en un reflejo de las tensiones culturales en el País Vasco y España. Mientras defensores de la propuesta ven en ella un avance hacia una educación inclusiva que desafía el machismo heredado, críticos argumentan que ignora la madurez emocional de los niños y expone a vulnerabilidades innecesarias. En Bilbao y Vitoria, padres opuestos han organizado foros para demandar inspecciones en campamentos similares, temiendo que prácticas como estas normalicen lo que consideran abusos velados. La asociación Sarrea, por su parte, ha respondido con un manifiesto que reafirma su compromiso con la pedagogía corporal, citando estudios que vinculan la aceptación temprana del cuerpo con menor incidencia de trastornos alimenticios en la adolescencia.
El apoyo de 137 padres representa un 70% de los participantes, un porcentaje que fortalece la posición de los monitores, pero también ha polarizado a la comunidad educativa vasca, donde sindicatos docentes debaten la implementación de guías similares en escuelas públicas. En redes sociales, el tema ha generado miles de interacciones, con videos de actividades en Bernedo circulando como prueba de su efectividad, aunque algunos los ven como provocativos. La carta abierta ha sido un catalizador para conversaciones sobre el cuerpo en la infancia, cuestionando si la normalización es liberación o exposición prematura.
Este caso de Bernedo no es aislado, sino parte de un movimiento pedagógico que busca desmontar tabúes de género, pero su visibilidad ha puesto a prueba los límites de la tolerancia social. Con el campamento cerrado por el fin de verano, el legado de estas prácticas perdura en las experiencias de los niños, que regresan a casa con una visión del cuerpo más libre, pero también con familias divididas sobre hasta dónde llegar. En un País Vasco que equilibra tradición y modernidad, Bernedo se convierte en un microcosmos de debates mayores, recordando que educar el cuerpo es educar la sociedad.





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