Tras una campaña ciudadana que ha durado más de una década, las autoridades eclesiásticas y culturales de Rumania han ordenado la retirad...
Tras una campaña ciudadana que ha durado más de una década, las autoridades eclesiásticas y culturales de Rumania han ordenado la retirada definitiva de los rostros de cuatro figuras comunistas que aparecían representados en los frescos de una capilla ortodoxa en la región de Moldavia. Los retratos, pintados durante la era comunista como parte de una propaganda que mezclaba religión y lealtad al régimen, mostraban a destacados colaboracionistas con la Unión Soviética que ocuparon cargos de poder tras la imposición del comunismo en 1947. La decisión, que afecta a una capilla del siglo XVIII restaurada en los años 80, ha sido celebrada por asociaciones memorialistas y víctimas del régimen como un “acto de justicia histórica” que cierra una herida abierta desde la caída del telón de acero.
Los cuatro rostros eliminados corresponden a altos funcionarios del Partido Comunista Rumano que, en su momento, fueron incorporados a los murales religiosos como “protectores de la fe ortodoxa” bajo el control estatal de la Iglesia. La inclusión de estas figuras en un espacio sagrado fue una estrategia del régimen de Nicolae Ceaușescu para legitimar su autoridad, fusionando iconografía cristiana con propaganda atea. Durante años, los frescos han generado controversia: fieles y asociaciones han denunciado que compartir espacio con dictadores y colaboracionistas profanaba el lugar de culto, mientras que algunos sectores más conservadores defendían su mantenimiento como “patrimonio histórico”.
La campaña para su retirada comenzó en 2012, impulsada por asociaciones de ex presos políticos y familiares de víctimas del Gulag rumano. Durante más de diez años, se han recogido firmas, organizado manifestaciones frente a la capilla y presentado recursos ante el Patriarcado Ortodoxo Rumano y el Ministerio de Cultura. La presión internacional, con apoyo de organizaciones memorialistas europeas, ha sido clave en los últimos meses, especialmente tras la publicación de informes que documentaban la colaboración activa de estas figuras con la represión estalinista y la persecución religiosa.
Los trabajos de retirada han comenzado esta misma semana bajo supervisión de restauradores especializados, que han cubierto los rostros con capas de pintura neutra y han restaurado los iconos originales que habían sido alterados. La capilla, ubicada en un pueblo de la región de Bucovina, es un lugar de peregrinación ortodoxa y su transformación ha sido recibida con alivio por la comunidad local, que en su mayoría apoyaba la eliminación. El Patriarcado ha emitido un comunicado en el que “reconoce el dolor causado por la instrumentalización política de la fe” y ha prometido revisar otros templos con frescos similares.
La decisión ha sido aplaudida por líderes políticos de centro-derecha, que la ven como un paso hacia la “descomunización completa” de Rumania, un proceso que aún arrastra retrasos en comparación con países como Polonia o los bálticos. Asociaciones de víctimas han celebrado que “por fin la Iglesia reconoce que no hay lugar para tiranos en los altares”. Sin embargo, sectores minoritarios nostálgicos han criticado la medida como “borrado de la historia” y han convocado pequeñas concentraciones en Bucarest.
Rumania, que vivió uno de los regímenes comunistas más duros de Europa del Este bajo Ceaușescu, ha avanzado lentamente en la condena oficial del comunismo: en 2006 se creó una comisión presidencial que documentó crímenes del régimen, pero muchas símbolos y nombres permanecen en espacios públicos. La retirada de estos cuatro rostros en una capilla ortodoxa marca un precedente simbólico: la religión, utilizada como herramienta de control, ahora contribuye a la reparación histórica.
La capilla, que reabrirá al culto en enero de 2026 tras la restauración, se convierte en un ejemplo de cómo la memoria puede sanar heridas del pasado. Cuatro rostros comunistas no solo han sido borrados de las paredes: han sido borrados de la narrativa que el régimen intentó imponer.





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