Costa Rica está experimentando un momento pivotal en su historia política reciente. La candidatura presidencial de Laura Fernández Delgado ...
Costa Rica está experimentando un momento pivotal en su historia política reciente. La candidatura presidencial de Laura Fernández Delgado, por el Partido Pueblo Soberano (PPSO), se presenta como una expresión clara del giro regional hacia una nueva derecha hispanoamericana: conservadora en temas culturales y libertaria en lo económico. Este patrón se observa en figuras como José Antonio Kast en Chile, Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina. Aunque cada líder tiene un estilo propio —desde el enfoque mano dura contra la delincuencia de Bukele hasta las reformas económicas radicales de Milei—, comparten una lógica común: rechazo al establishment tradicional, énfasis en resultados concretos y un discurso que prioriza el orden, la seguridad y la libertad económica sobre las ideologías progresistas dominantes en décadas anteriores.
A diferencia de otros países de la región, donde este viraje surgió tras crisis profundas —colapsos institucionales, hiperinflación o explosiones de violencia—, Costa Rica llega a este punto desde una posición de relativa estabilidad. El país mantiene indicadores macroeconómicos sólidos, con disciplina fiscal, baja inflación comparada con vecinos y una credibilidad económica que le ha permitido ser miembro de la OCDE desde 2021. El crecimiento proyectado supera el 4% en los últimos años, y el gobierno actual ha evitado desastres financieros mayores. Esta base permite que el debate público se desplace: ya no se centra tanto en promesas ideológicas grandilocuentes, sino en eficacia, orden y resultados tangibles. La ciudadanía, cansada de la polarización y la ineficiencia pasada, valora cada vez más gobiernos que entregan estabilidad y avances concretos en seguridad y economía.
La fórmula de Laura Fernández representa tanto una continuidad del gobierno de Rodrigo Chaves como una normalización de este nuevo ciclo regional. Chaves, con su estilo confrontativo y directo, ganó en 2022 rompiendo con los partidos tradicionales, y Fernández —quien fue ministra de Planificación Nacional y Política Económica, y luego de la Presidencia— emerge como su sucesora designada. Su campaña enfatiza liderazgo firme, agenda liberal en lo económico (incluyendo propuestas como la venta de bancos estatales para fortalecer el sistema de pensiones) y una ruptura con el consenso político anterior, dominado por socialdemócratas y liberacionistas. Además, adopta posturas de mano dura contra el narcotráfico y la inseguridad creciente, inspirándose en modelos como el de Bukele, lo que resuena en un contexto donde la delincuencia preocupa a gran parte de la población.
Un elemento generacional refuerza esta señal de cambio. La fórmula presidencial incluye a personas menores de 50 años en la Presidencia y las vicepresidencias, lo que no es mero simbolismo: representa poder efectivo en manos de una generación más joven, pragmática y menos atada a las estructuras del siglo XX. En una región que acelera transformaciones, Costa Rica ya no se limita a observar el giro latinoamericano desde la barrera; empieza a integrarse activamente en él.
Encuestas recientes posicionan a Fernández como favorita clara, con intenciones de voto alrededor del 40%, lo que podría permitirle ganar en primera vuelta el 1 de febrero de 2026, evitando un balotaje. Aunque enfrenta críticas por supuesta polarización y acusaciones de populismo, su ascenso refleja un electorado que prioriza continuidad en logros económicos y respuestas firmes a desafíos como la inseguridad. Este proceso confirma que Hispanoamérica transita hacia una derecha renovada, adaptada a contextos locales pero unida por demandas comunes de eficacia y soberanía.





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