Los incendios han arrasado 299.501 hectáreas en España hasta el 24 de septiembre, el triple de la media histórica, con el grueso del daño en julio-
Los incendios forestales han arrasado en España 299.501 hectáreas desde el 1 de enero hasta el 24 de septiembre, una superficie que triplica la media histórica para ese periodo, situada en torno a las 95.000 hectáreas. Así lo reflejan los datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, integrado en el programa Copernicus. El informe señala que la mayor parte de la superficie quemada se concentra en los meses de verano. En julio y agosto se produjo un fuerte incremento tanto de las hectáreas afectadas como del número de incendios. En la última semana contabilizada, ya en septiembre, se han quemado 472 hectáreas.
El balance sitúa la campaña de 2026 entre las más destructivas de la serie reciente y confirma la intensidad del impacto estival.
Una superficie que triplica la media histórica
Las 299.501 hectáreas quemadas hasta el 24 de septiembre multiplican por tres el promedio histórico de referencia, cifrado en torno a las 95.000 hectáreas para el mismo tramo del año. La magnitud del desvío no admite matices: el territorio forestal y agrícola afectado supera con holgura lo que se consideraba habitual en las últimas décadas.
El Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, alimentado por el programa Copernicus, ofrece un seguimiento homogéneo y comparable entre países. Sus cifras permiten situar la campaña española en el contexto continental y medir la anomalía respecto a la media propia. El resultado es un año claramente por encima de lo normal, con un coste territorial que se acerca ya a las 300.000 hectáreas antes de que termine septiembre.
Esa extensión equivale a la pérdida de masa forestal, de hábitats y de recursos económicos ligados al monte. La recuperación de las zonas afectadas exigirá años de trabajo y de inversión pública y privada.
El peso del verano: julio y agosto
El informe de Copernicus subraya que la mayor parte de la superficie quemada se concentra en los meses de verano. Julio y agosto concentraron un fuerte incremento tanto del número de incendios como de las hectáreas afectadas. La coincidencia de altas temperaturas, sequedad de la vegetación y episodios de viento explica, en buena medida, la virulencia de esos dos meses.
El verano de 2026, marcado por un calor extremo y por una sucesión de olas de calor, creó condiciones propicias para la propagación del fuego. Una vez iniciado el incendio, la dificultad de control aumentó en zonas de orografía compleja y con continuidad de combustible fino y seco. El resultado fue una acumulación rápida de superficie quemada que elevó el acumulado anual muy por encima de la media.
La estacionalidad del problema no es nueva, pero la intensidad de este año refuerza la alerta sobre la interacción entre cambio climático, gestión del territorio y capacidad de respuesta de los dispositivos de extinción.
Septiembre y las 472 hectáreas de la última semana
En la última semana contabilizada, ya en septiembre, se han quemado 472 hectáreas. La cifra es muy inferior a los picos de julio y agosto, pero confirma que la campaña no se ha cerrado del todo con el cambio de mes. Mientras la vegetación conserve un grado elevado de sequedad y se mantengan condiciones meteorológicas adversas, el riesgo de reactivación o de nuevos focos permanece.
El dato semanal permite matizar el ritmo: el fuego pierde intensidad respecto al núcleo del verano, pero no desaparece. Las labores de extinción y de vigilancia siguen siendo necesarias en varias comunidades, especialmente en aquellas que acumulan mayor superficie afectada o que presentan montes aún vulnerables.
Impacto territorial y retos de gestión
Casi 300.000 hectáreas calcinadas implican un golpe a la biodiversidad, al suelo, a los recursos hídricos y a las economías locales ligadas al bosque y a la ganadería extensiva. La erosión posterior al incendio, el riesgo de riadas en zonas quemadas y la pérdida de sumideros de carbono se suman al daño inmediato.
Las administraciones afrontan un doble desafío: mejorar la prevención —con gestión de combustible, áreas cortafuegos y concienciación ciudadana— y reforzar la extinción en un contexto de veranos cada vez más largos y extremos. Los datos de Copernicus no solo miden el daño; también sirven de base para evaluar si las políticas de gestión forestal y de emergencia están a la altura de la nueva normalidad climática.
La concentración del daño en julio y agosto apunta a la necesidad de anticipar medios y de coordinar mejor los dispositivos estatales y autonómicos antes de que el termómetro y la sequedad disparen el riesgo.
Después del balance de Copernicus
Las 299.501 hectáreas arrasadas hasta el 24 de septiembre, el triple de la media histórica, dejan la campaña de 2026 marcada por un verano devastador. Julio y agosto concentraron el grueso del impacto; septiembre mantiene focos menores, con 472 hectáreas en la última semana contabilizada. El Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales fija el termómetro de un año negro para el monte español. La recuperación del territorio y la adaptación de las políticas de prevención y extinción determinarán si este balance se convierte en una excepción o en un aviso de lo que está por llegar en las próximas temporadas.
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