Justo 24 horas antes de que dé comienzo el Festival de Eurovisión 2026 , con la primera semifinal programada para esta misma noche, The New ...
Justo 24 horas antes de que dé comienzo el Festival de Eurovisión 2026, con la primera semifinal programada para esta misma noche, The New York Times ha publicado una investigación que sacude los cimientos del certamen. Según el diario estadounidense, el gobierno israelí de Benjamin Netanyahu habría desplegado una campaña organizada y costosa para utilizar Eurovisión como instrumento de poder blando, buscando mejorar la imagen internacional de Israel en medio de un contexto geopolítico altamente polarizado.
El concepto de “poder blando”, popularizado por el politólogo Joseph Nye, se refiere a la capacidad de un país para influir en otros mediante la atracción cultural, los valores y la diplomacia pública, en lugar de la coerción militar o económica. En este caso, Eurovisión, uno de los eventos televisivos más vistos del mundo con decenas de millones de espectadores, se habría convertido en un escenario estratégico. La investigación del NYT sostiene que las autoridades israelíes comenzaron a preparar esta estrategia incluso antes de que estallara la polémica internacional alrededor de la participación del país en el festival.
Los registros financieros analizados por el periódico revelan que Israel destinó al menos un millón de dólares a la promoción de su candidatura. Parte importante de ese presupuesto procedería de la oficina de “hasbara” del gobierno de Netanyahu, un término hebreo que se utiliza para describir los esfuerzos de comunicación y propaganda pública dirigidos al extranjero. Estos fondos se habrían empleado en campañas digitales, movilización de comunidades y estrategias orientadas a maximizar el voto popular de la representante israelí.
La investigación pone especial atención en la edición anterior, donde la cantante Yuval Raphael consiguió ganar el televoto en varios países donde, según encuestas independientes, la imagen de Israel es claramente negativa. Un análisis detallado de los patrones de votación muestra que, en algunos territorios, bastaría con unos pocos cientos de votos adicionales para modificar sustancialmente los resultados finales. El sistema de Eurovisión, que combina el voto del jurado profesional y el televoto del público, amplifica el impacto de cualquier movilización organizada, ya que pequeños cambios en países con menor audiencia pueden resultar decisivos en la clasificación general.
Esta revelación llega en un momento de máxima tensión. Desde el estallido del conflicto en Gaza, la participación de Israel en Eurovisión ha generado protestas, boicots y peticiones de exclusión por parte de colectivos pro-palestinos y algunos artistas. Organizaciones de derechos humanos habían advertido previamente sobre posibles intentos de instrumentalización política del concurso. La respuesta de la Unión Europea de Radiodifusión (UER), organizadora del evento, ha sido hasta ahora la defensa de la naturaleza apolítica del festival, aunque la presión pública y mediática no ha dejado de crecer.
La investigación del NYT no solo cuestiona la limpieza del proceso de votación, sino que abre un debate más amplio sobre los límites entre diplomacia cultural y manipulación en eventos de entretenimiento global. Expertos consultados por el periódico señalan que, en la era de las redes sociales y las campañas digitales dirigidas, resulta cada vez más difícil distinguir entre el apoyo orgánico de fans y las operaciones coordinadas de influencia estatal.
Mientras los focos se encienden esta noche en la primera semifinal, las miradas ya no solo estarán puestas en las actuaciones, sino también en el escrutinio de los votos y en cómo las autoridades europeas y la UER responderán a estas acusaciones. Israel, por su parte, ha rechazado habitualmente este tipo de informaciones calificándolas de antisemitismo o sesgo mediático, pero la magnitud de la investigación del NYT podría obligar a un examen más profundo sobre la integridad del concurso más famoso de Europa. El episodio subraya cómo un festival de música se ha convertido, casi inevitablemente, en otro campo de batalla de la política internacional.





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