El murmullo en los pasillos de Ginebra y Zúrich se ha convertido en un rugido ensordecedor: UEFA y FIFA, guardianes del fútbol mundial, enfr...
El murmullo en los pasillos de Ginebra y Zúrich se ha convertido en un rugido ensordecedor: UEFA y FIFA, guardianes del fútbol mundial, enfrentan la tormenta perfecta. En conversaciones informales que han escalado a debates formales, la expulsión de Israel de todas las competiciones ha saltado a la mesa como una bomba de tiempo, impulsada por el horror interminable en Gaza. Lo que empezó como susurros entre directivos europeos ha cobrado vida propia, con la UEFA liderando la carga moral. Aleksander Ceferin, su presidente, ha convocado reuniones de emergencia, y la mayoría de sus 55 federaciones miembros —desde España hasta Noruega— parecen inclinadas a votar por la suspensión la próxima semana. Para los israelíes, sería un mazazo: adiós a la Nations League, a la Europa League para clubes como Maccabi Tel Aviv, y un portazo en la cara a la clasificación para el Mundial 2026, donde la selección absoluta sueña con pisar el césped de EE.UU., México y Canadá.
El detonante es Gaza, un cementerio al aire libre donde, desde el 7 de octubre de 2023, la guerra ha segado más de 65.000 vidas, según el Ministerio de Salud palestino —cifras avaladas por la ONU como las más fiables en el caos—. Lo que la comunidad internacional califica de "genocidio" —un informe de la Comisión de Investigación de la ONU lo confirma, citando actos como el exterminio deliberado de civiles y la destrucción de infraestructuras— ha traspasado el umbral del deporte. Expertos independientes de Derechos Humanos de la ONU, en un grito desesperado el 23 de septiembre, urgen a FIFA y UEFA a suspender a Israel: "El fútbol no puede legitimar la ocupación ilegal ni el genocidio en curso". Han muerto cerca de 800 atletas palestinos, incluido Suleiman Obeid, el "Pelé de Palestina", abatido por un dron israelí. Estadios como Al Yarmouk se han convertido en centros de detención, y el "atletocidio" —asesinato sistemático de deportistas— clama venganza desde las ruinas.
La UEFA, cuna de este movimiento, no ha escatimado en gestos. En agosto, durante la Supercopa entre PSG y Tottenham, un banner gigante en el campo de Udine proclamaba "Stop killing children – Stop killing civilians", una puñalada visual al gobierno de Netanyahu. Protestas en estadios europeos —de Celtic Park a San Siro— han inundado las gradas con banderas palestinas y peticiones con miles de firmas: "No hay fair play con genocidas". Pedro Sánchez, primer ministro español, lo dijo claro: "Israel debe ser vetado como Rusia en 2022". Y no es retórica vacía; Italia paralizó el país en una huelga de 24 horas contra el conflicto, mientras federaciones como la noruega admiten el dilema: "No podemos ignorar el sufrimiento desproporcionado en Gaza". FIFA, más tibia, ve cómo su Consejo —con Gianni Infantino acuartelado en la Trump Tower de Manhattan— se reúne el 2 de octubre. Una suspensión europea arrastraría a la global, afectando a todas las selecciones israelíes.
Pero el tablero geopolítico es un campo minado. Israel, en pánico, ha movido hilos diplomáticos: Netanyahu, su ministro de Deportes Miki Zohar y el jefe de la federación Moshe Zuares han lobbyeado sin descanso, con ayuda de diplomáticos anónimos. La presión qatarí —tras un fallido ataque israelí en Doha— ha avivado las llamas, pero EE.UU., bajo Donald Trump, ha prometido blindar a su aliado: "Trabajaremos para bloquear cualquier veto al Mundial", declaró el Departamento de Estado. Es un déjà vu de la Guerra Fría: el deporte como arma política, donde Rusia fue expulsada por Ucrania, pero Israel resiste gracias a Washington. En redes, el debate hierve: "Hipocresía pura", tuitean activistas, mientras fans israelíes claman antisemitismo. Jibril Rajoub, presidente de la Federación Palestina, se reúne con Ceferin y la CIO: "No más partidos con verdugos".
Si la moción pasa —y las quinielas apuntan a un sí mayoritario en UEFA—, el fútbol no será el mismo. Sería un precedente ético, un recordatorio de que el balón no rueda sobre sangre impune. Pero en un mundo polarizado, ¿salvará vidas o avivará odios? Mientras Gaza llora, el silbato de la historia pende de un hilo. El próximo gol podría ser el de la conciencia global, o el de la fractura irreversible. El fútbol, ese espejo de la humanidad, nos obliga a elegir: ¿fair play, o complicidad?





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